Cada vez que vuelves te dices: “No voy a volver”. Pero vuelves. Todas y cada una de las veces. Porque piensas, ilusa de ti, que esta vez será diferente. Esta vez no terminarás en el baño a las 9.30 de la noche intentando que nadie te vea, para luego salir y poner tu mejor cara que nadie se cree. Pero cada vez que vuelves eso no pasa, sea con quien sea, siempre terminas llorando en un baño retocándote el maquillaje.
Y sinceramente, tras varios años con esta situación y otros cuatro con diferentes sitios en los que llorar, llegas a tu punto final. A una situación que te supera. Un día decidirás no volver y vendrán rogando, preguntándose qué es lo que hicieron mal, qué pasó para que pienses que no tienes una familia, un lugar al que llamar tu casa. Y no sabes como, pero la culpa será de alguna manera tuya.
Porque la culpa siempre es tuya. No importa las veces que llames, las veces que te preocupes por saber si están bien, siempre habrá un día que no lo hagas bien, y ese será el día que recuerden, siempre hay alguna manera de terminar llorando en alguna esquina perdida de Madrid.
Y esto se acabó, un día no volverás cuando llamen, y las cosas pasarán a ser diferentes.
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